Antoine Bourges, Concrete Valley, 2022

La sección En Línea de la web de Concreta se articula en tres espacios: Relatorías, Conservatorios y Pantallas, este último dedicado a la presentación de obras audiovisuales acompañadas por ensayos críticos. En 2026, la curadora Andrea Franco ha concebido para Pantallas un programa de cuatro películas que se desplegará a lo largo del año.
La elección de estas películas ha sido muy intuitiva a partir de la premisa de que cada una saldría con cada nueva estación. En algunas abunda lo luminoso, en otras lo crepuscular. Algo, en cada relato, es más propio de la primavera (como recolectar plantas en flor), del verano (un periodo del año propicio a los tiempos muertos), del otoño (en la idea de un cambio de ciclo, de transformación), y del invierno (tiempo de recogimiento, de reflexión profunda, de soledad).
Por otro lado, en línea con el proyecto de Concreta, son títulos que abordan algunas de las cuestiones sociales, políticas y culturales que han aparecido en la revista en los últimos años: reflexiones sobre la identidad y la pertenencia a un lugar; el exilio y la emigración; los problemas de comunicación a través del lenguaje; las tensiones entre grupos de diverso origen; o los espacios de sosiego que se crean cuando se conforma una comunidad. Siempre a caballo entre la ficción y el documental, en la hibridación natural que define gran parte del cine del presente, donde la imagen es fiel reflejo de un tiempo incierto y cambiante.
La película escogida para esta nueva entrega del programa es Concrete Valley (2022), del cineasta canadiense Antoine Bourges. A través de una narración sutil y contenida, el film explora las dificultades de construir una nueva vida lejos del lugar de origen, así como las tensiones familiares, los problemas de comunicación y las transformaciones identitarias que acompañan a la experiencia migratoria. El texto que sigue, titulado «Aprender a ser otro», acompaña esta nueva entrega del programa.
Título: Concrete Valley
Autor: Antoine Bourges
Año: 2022
Duración: 90 minutos
Créditos: Film y fotogramas cortesía del artista
*El vídeo estará disponible para ser visionado del 30 de octubre al 30 de noviembre.
Aprender a ser otro
Por Andrea Franco
Tal vez Concrete Valley sea una película sobre las distancias. La distancia que crece poco a poco entre una pareja; la distancia entre el lugar en el que están y del que vienen; la distancia entre la naturalidad y la impostura, entre la comodidad y la torpeza. Algunas se ven, otras solo se intuyen. Concrete Valley habla de construir una vida en un lugar nuevo mientras la vida personal se desmorona. Habla de aprender un idioma para comunicarse en el exterior, mientras dentro de casa se prefiere el silencio.
La segunda película de Antoine Bourges después de la brillante Fail to Appear (2017) elabora una trama tan sutil en su arquitectura narrativa como compleja a la hora de representar los matices que moldean las relaciones sociales y familiares.
Farah y Rashid emigraron desde Siria a Canadá con su hijo Ammar. Desde hace cinco años viven en Thorncliffe Park, un barrio de Toronto construido en los años cincuenta junto a un bosque, al estilo de las viejas utopías urbanas, como un complejo de rascacielos destinado a alojar a familias numerosas. Con el tiempo se ha convertido en una suerte de puerto de llegada para nuevos inmigrantes, y en sus alrededores se concentran academias de inglés y asociaciones que facilitan la integración. Farah trabaja en una droguería; aunque echa de menos su antigua vida como actriz, encuentra una nueva motivación en un grupo de concienciación ambiental. Rashid, sin embargo, no ha logrado recuperar la posición que tenía en Siria como médico de terapias naturales. Sin trabajo ni licencia para ejercer, pasa los días recetando remedios a sus vecinos, aunque la respuesta no siempre sea la esperada.

Bourges aprovecha todas las posibilidades de este barrio singular para orquestar un conjunto de relaciones humanas mediadas por una comunicación limitada, donde abundan las presunciones y los malentendidos. Mientras las grandes moles de hormigón asoman desde cada rincón como un gran obstáculo en el horizonte, el bosque opera como un lugar indeterminado, como una tierra de nadie por la que al protagonista le gusta perderse de vez en cuando, desdibujando una identidad en crisis. No veremos a los personajes más allá de las fronteras de este valle de hormigón, si acaso desplazándose en coche, pero nunca habitando otras partes de una ciudad que no les pertenece, nunca transitando un espacio urbano del que, como extranjeros, aún no forman parte.
Sin grandes conflictos dramáticos ni verbales, la película se va construyendo sobre los pequeños detalles del día a día que van horadando los cimientos de las estructuras. Mientras el guion explora cómo Farah y Rashid afrontan su nueva situación, cómo sus viejas identidades deben transformarse para encajar en un entorno nuevo, la puesta en escena traslada al plano las diferencias entre ambos, trabajando desde la primera secuencia sobre un vacío solo interrumpido por la presencia puntual del niño y sus distintas llamadas de atención en medio de silencios y fuegos cruzados.

El cine de Antoine Bourges, siempre interesado por personajes en estados de fragilidad a quienes retrata con empatía, con sus defectos y debilidades, irradia un optimismo inusual en el cine contemporáneo. Rashid, algo entrometido, demasiado crítico y a veces incluso soberbio, es también un hombre generoso que desea ser de utilidad en la comunidad, y cuando se inventa un relato que lo convierte en un pequeño héroe de barrio, no podemos sino compadecernos de su humana necesidad de aceptación.
No hace falta mencionar las guerras y la pobreza para adivinar que todos los personajes que habitan en Concrete Valley tienen una historia difícil detrás. A Bourges no le interesa la denuncia social, sino dejar el drama fuera de campo para centrarse en cómo las personas deben transitarlo: cómo sostener una vida cuando todo lo que la definía ha quedado atrás.



















