Tizian Büchi, L’îlot, 2022

La sección En Línea de la web de Concreta se articula en tres espacios: Relatorías, Conservatorios y Pantallas, este último dedicado a la presentación de obras audiovisuales acompañadas por ensayos críticos. En 2026, la curadora Andrea Franco ha concebido para Pantallas un programa de cuatro películas que se desplegará a lo largo del año.
La elección de estas películas ha sido muy intuitiva a partir de la premisa de que cada una saldría con cada nueva estación. En algunas abunda lo luminoso, en otras lo crepuscular. Algo, en cada relato, es más propio de la primavera (como recolectar plantas en flor), del verano (un periodo del año propicio a los tiempos muertos), del otoño (en la idea de un cambio de ciclo, de transformación), y del invierno (tiempo de recogimiento, de reflexión profunda, de soledad).
Por otro lado, en línea con el proyecto de Concreta, son títulos que abordan algunas de las cuestiones sociales, políticas y culturales que han aparecido en la revista en los últimos años: reflexiones sobre la identidad y la pertenencia a un lugar; el exilio y la emigración; los problemas de comunicación a través del lenguaje; las tensiones entre grupos de diverso origen; o los espacios de sosiego que se crean cuando se conforma una comunidad. Siempre a caballo entre la ficción y el documental, en la hibridación natural que define gran parte del cine del presente, donde la imagen es fiel reflejo de un tiempo incierto y cambiante.
La cinta escogida para presentarse en las primeras semanas del verano es L’îlot (2022), del cineasta suizo Tizian Büchi. Entre el documental y la ficción, el film se presenta como una fábula contemporánea que aborda la sociedad de la vigilancia a través del misterio, la nostalgia y el humor. El texto que sigue, escrito por Andrea Franco, acompaña la segunda entrega del programa.
Título: L’îlot
Autora: Tizian Büchi
Año: 2022
Duración: 1 hora y cuarenta y cuatro minutos
Créditos: Film y fotogramas cortesía de la artista
*El vídeo estará disponible para ser visionado solamente desde territorio español desde el 23 de junio al 22 de julio.
El espejo
Por Andrea Franco
Al este de la ciudad de Lausana en Suiza, hay un barrio que ha permanecido inmutable desde su construcción en los años cincuenta. Faverges surgió entre dos vías férreas para alojar a los trabajadores del ferrocarril y sus familias. Rodeado de valles y gargantas, y encajonado sobre una hondonada formando una cruz, ni los Alpes ni el cercano lago Lemán son visibles desde el humilde Faverges, conocido entre los vecinos como «el agujero».
Fiel a su origen popular, de arquitectura sencilla y funcional, Faverges es hoy una colonia multicultural donde algunos jubilados suizos conviven con población inmigrante.
Atravesándolo de lado a lado, un río rodeado de leyendas y peligros despierta, en quienes pueden percibirlo, una poderosa vibración energética procedente de las entrañas de la tierra. Con estos elementos, el primer largometraje de Tizian Büchi imagina de qué manera la forma y el enclave del barrio condicionan el imaginario social de sus habitantes, componiendo una fábula documental donde lo real se acerca a lo fantástico para abordar la deriva de una sociedad cada vez más preocupada por las fronteras y la vigilancia, donde las líneas que separan la seguridad de la privacidad son cada vez más finas.


Dos vigilantes —uno angoleño, gigantón y charlatán; otro iraquí, más joven y soñador—, patrullan el barrio para que nadie se acerque al río. Nadie entiende lo que hacen, ni siquiera ellos mismos, pero día y noche se esfuerzan por proteger de un peligro que no alcanzan a definir, precintando las riberas y alejando a todo el que pasea o descansa por la zona.
En paralelo a las rondas de esta extraña pareja, tan dispar en lo personal y lo cultural, el film va presentando a una comunidad de procedencias tan diversas como las razones que les han llevado hasta allí.
Faverges y el cercano (y rival) Chandieu forman un puzle lleno de huecos y fugas, donde los distintos relatos de la película transcurren como meandros entre los edificios, pasando de la realidad a la ficción, y al revés. Historias de emigración y exilio, de tensiones familiares, de esperanzas y desengaños.
Y mientras tanto, ¿qué pasa con el río?
Como Daniel y Ammar, que peinan el terreno en busca de algún indicio, la audiencia espera también a que pase algo en un film hecho de búsquedas y esperas en medio de un tórrido verano. El vacío invita a divagar. El calor aturde. La imaginación se dispara.
Gritos, ruidos extraños, alguien que desaparece entre los arbustos, personajes que se esfuman de repente. La realidad concreta y tangible del barrio y su arquitectura choca con el elemento mágico y sobrenatural del entorno del río, del que cada noche emana toda la vida misteriosa que no puede ver el simple mortal.
¿Qué amenaza representa ese río? ¿El otro, quizás? ¿El desconocido? ¿De qué tenemos miedo? ¿No nos devuelve su reflejo nuestra propia imagen?

En este islote que es Faverges —pequeña porción de la Europa de nuestro tiempo—, hay un túnel oculto entre la maleza del bosque; cruzarlo permite llegar a un espacio alejado de todas las miradas, donde se cumple el sueño de un lugar seguro y sin vigilancia.
L’îlot nos invita a entrar en el túnel, a deslizarnos por los pliegues del terreno —como propone la cita que abre la película—, y llevar desde ahí nuestras investigaciones. En otras palabras, ampliar los estrechos márgenes con que miramos el mundo y asomarnos a la diversidad de nuestras ciudades con una percepción nueva.



















