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Oier Etxeberria en la Virreina
Del 27 de febrero al 28 de junio de 2026

Sea al aire libre, en el descampado o en la parte hueca de un teatro; sea como invitación a pisar el barro o el firmamento, el runrún del concierto siempre nos lleva a la misma pregunta: ¿qué tipo de estados produce la música? Y, a partir de ahí, los interrogantes se multiplican. Sobre todo, porque la palabra «estado» no solo se refiere a los altibajos del alma, sino también a la razón mayúscula: la organización que administra y configura un territorio. Por eso cualquier noción de estabilidad tiene que ser deletreada, puntuada y vocalizada. 

En principio, carecemos de evidencias que permiten entender cómo las formas sonoras devienen arquetipos para la jurisdicción. Sin embargo, por muy débiles que sean estos indicios, llegado el momento, las afinidades se resuelven en una «regla de oro», una línea melódica que afirma cómo la sintonía entre la fluctuación del dinero y la conformación del sentido es algo más que accidental. Entonces, al vociferar ciertos nombres, la cosa parece resolverse: oikos, ecos, economía. Sus excesos aritméticos producen pliegues, estructuras cosmológicas, formas cívicas. Así lo entendió Pitágoras cuando descubrió los fundamentos de la armonía siguiendo el repique del sonido de cinco martillos. Una fundición, un espacio destinado al lavoro, una puesta en escena a lo Einstürzende Neubauten, la banda berlinesa de los ochenta. ¿Alguien se imagina un escenario más propicio para un erudito decidido a seccionar con exactitud numérica y cálculo la tonalidad y la atonalidad, el concierto y el desconcierto? 

La magia de las cifras vehicula muchos niveles de intelección mística. Con el tiempo se convertirá en una herramienta indispensable para producir aleccionamientos compartidos, así como la percepción general de un bien común. Hay que reconocer que, en este punto, la mística cristiana siempre tuvo cierta predilección estética por las formas musicales. Para los santos padres de la Iglesia, los himnos son artefactos que consiguen dar un contenido y una dirección a lo informe. Una ciencia suprasensible/estadística en estado latente. Al fin y al cabo, una masa solo se da cuando tenemos muchas unidades contadas —lo mismo suman populachos, rebaños o coros—, y lo que constituye a una persona como unidades sencillamente el canto de la alabanza, ya que únicamente estando comprometida de pleno con el objeto de su alabanza, la persona se autoinstituye como centro de sí misma. 

Ideales económicos que funcionan en su acceso al cuarto de los juegos de la intimidad. Donde la teología, impávida, aguarda —dentro del armario—, o cierta divinización de lo sagrado, si se quiere. De modo que cualquier aproximación a lo desconocido pueda reducirse a la idolatría de lo ya existente. Clamores, silbidos y palmadas; coros angelicales y algoritmos. Prodigios, en cualquier caso, que logran invocar a la voz del pueblo —eso que no se sabe ni qué es ni cuántos son— y exhibirla como un cuerpo político unitario. 

El éxito de la física a la hora de definir y estabilizar el tono como fenómeno acústico dio lugar a un nuevo prisma desde el que mirar a la naturaleza. A partir de ese examen surge una nueva economía o, mejor dicho, una fuerza metafísica basada en el desvelamiento matemático y la matematización progresiva de las cosas.

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