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El centauro en La Oficina
Del 20 de mayo al 18 de julio de 2026

La Oficina
El centaurio. La reproducción no existe. Diferencia y repetición como una de las bellas artes

La idea de La Oficina pasaba por culminar la excelencia de su tercera temporada –Regina Silveira, Isaías Griñolo, y Carla Filipe – con una exposición que reflexionara sobre las constantes de todos estos trabajos, cualquiera de estos artistas, además, podrían estar presentes en esta exposición colectiva. Había algo de teoría y algo de juego que poner por debajo de esta invitación y de ahí sale El centauro.

La repetición, la reproducción, el giro gráfico, eran algunas de las constantes de la temporada, insistencias de artistas, por otro lado, muy diversos, que podrían resumirse en mantener viva la indiferencia entre la obra de arte y el documento. La obviedad de hacer comparecer entonces El arte en la época de su reproducción técnica de Walter Benjamin, un clásico incontestable sobre el asunto, un texto que sobrevive a las lecturas más tópicas y al periodismo más facilón, en fin, un autor que, el que esto escribe, anda revisando constantemente. Y la llamada telefónica de Ada y Adriana me cogio leyendo a la vez dos de estas revisiones, Archivos Benjamin de Fredric Jamenson, una lectura general fuertemente insertada en la maquinaria materialista y Sagitario infinito, Walter Benjamin, una astrología racional, de Federico Rodríguez, obviamente, el enano escondido en esa misma máquina materialista de jugar al ajedrez. Es en este segundo libro donde aparece El centauro, un breve escrito del Benjamin de juventud que esconde ya muchas de las constantes de su pensamiento, muchas de las insistencias de su trabajo, muchas de las relaciones que en sus escritos se van a repetir. A su luz, tenemos esa doble naturaleza expuesta sin contradicción alguna, animal y humano, obra de arte y documento, imposible de unir pero dadas a la vez.

Estaba todo esto puesto sobre la mesa cuando sentí que, por debajo, latía fuertemente una exposición en la que participe yo mismo, junto a Isidoro Valcárcel Medina, Ignasi Aballí, Nestor Sanmiguel y Juan Luis Moraza, hace algunos años, una exposición curada por Beatriz Herráez bajo el título de Yo soy el fin de la reproducción y cuyo alcance, aparentemente ligero, tuvo para mí un hondo significado. Ese doble uso de la palabra «fin» como finalidad y como término, por ejemplo, insistía sobre mis propósitos al preguntarme por qué es la reproducción. Seguro que mi primer subtítulo, La reproducción no existe viene de ahí, pero también de otro ensayo leído esta temporada, El dispositivo no existe, de María Tortajada y François Albera que me ha permitido volver a reflexionar sobre qué significa el medio y cual es el espacio material de la imaginación de una manera formidable. De Diferencia y repetición de Gilles Deleuze no voy a comentar nada porque este segundo subtítulo quería ser explícito, sin ambages, y porque Andrea Soto Calderón lo glosa magníficamente en Una posibilidad asedia, el texto que sigue a mi presentación.

Así que, básicamente, sí, esta es la teoría, el juego, lo que viene a continuación, lo que arma la exposición finalmente, lo que dispara sus significados y alcances mucho más lejos que mis insistencias de lector compulsivo, vaya. Un juego que ha sido apasionante y afectivo, y en el que quiero agradecer explícitamente la complicidad y colaboración de los trece artistas que van a estar presentes en el orden y la forma de esta exposición. Especialmente a los maestros -la palabra «maestro» tiene para mi especiales resonancias porque al uso chispeante que tiene en la jerga flamenca une la profundidad y alcance de su expresión más republicana, la del heroico maestro de escuela, que no deja de ser una enseña para mi en la figura de Juan de Mairena- que han querido sumarse al juego de la exposición, artistas, dibujantes y poetas a los que vuelvo una y otra vez. Francisco Ferrer Lerín, el escritor del que tengo más libros repetidos porque la alegría de verlos en librerías y almonedas siempre me ciega y me lleva a pensar que no lo he leído. Es verdad que Ferrer Lerín nos sirve para mostrar el sistema de producción del libro, clave en la poética de esta exposición, pero es que su escritura tiene mucho de esa insistencia que venimos subrayando, piensen por ejemplo en sus novelas, Die Rabe, P.A.M., Níquel, Nora Peb y Familias como la mía, todas distintas y todas la misma. Andrés Rábago, El Roto, seguramente el artista que más me ha debido de influir teniendo en cuenta que cada día me despierto buscando la viñeta que ha dejado impresa en las páginas de El País. El alcance de su obra me hace pensar siempre en La carta robada de Edgar Allan Poe, una evidencia sobre la mesa, clara y precisa, que nadie ve. En fin, ¿cómo es posible que los museos no tengan más presentes los dibujos de El Roto cuando deberían ser una suerte de timeline? También, Isidoro Valcárcel Medina, el tercero de estos maestros, no sólo por edad, que también. Valcárcel Medina es, sin duda, un caso ejemplar en esta exposición puesto que sus insistencias y las nuestras son las mismas, sólo que él lo ha hecho sin aspavientos. Y desde una singularidad prodigiosa, escapando desde luego a todas las categorías taxonómicas que le persiguen -minimal, conceptual, performativo-. Los trabajos de Valcárcel Medina han escapado, siguen escapando de las cortapisas y los tópicos de la reproducción, en su obra lo siempre igual es, por definición, lo siempre diferente.

En fin, me permitirán, que no me extienda sobre el numeroso grupo de artistas que nos acompañan y que, como mis propios trabajos presentes en la exposición hacen explícitos, surgen, en gran parte de la combinatoria de huellas, marcas e índices de estos tres maestros, como cantaores antiguos. La reproducción exige, ya lo decía Baruch Spinoza, un grupo numeroso, una multitud. Porque los NEG (Nova Escultura Galega) son ya cuatro -Misha Bies Golas, Jorge Varela, Alejandra Pombo Su y Diego Vites- pero quién diría que Julio Jara es un sólo artista. Puedo decir lo mismo para el trabajo que presenta Mauro Cerqueira que convoca a Babi Badalov como una suerte de doble. Joy Charpentier también podría estar ahí. También Oier Etxeberria, a este lado de la frontera. Como Victor Jaenada y Efrén Álvarez que me vienen dados por pares en las noches de Barcelona. Una dialéctica similar a la que juegan Erik Beltrán y Juan Pablo Macias desde un México que está acá. En fin, les aseguro que mis pobres palabras no agotan, ni tan siquiera esbozan la intensidad que esconde esta exposición. Alguien puede pensar que se trata solo de fotocopias, pero, en fin, piensen que fotocopias es lo que hacen también las cadenas de ADN. Hay en Sevilla un grafitero anónimo y sofisticado que no deja de asombrarme: «¡Analogia! La repetición no existe» dejó escrito, analírico, en el desierto Muro de los Navarros.

Comisario: Pedro G. Romero

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